Caperucita reciclada


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Sinopsis

Se está celebrando un juicio. El lobo está dentro de una bolsa, fuertemente atado. El juez va llamando a todos los personajes que, a medida que van contando su intervención en la historia, la van reconstruyendo. Por ahí pasan el cazador, el lobo, Caperucita, la madre... Como secundario, aparece un policía.




La historia



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El humor del Juez parecía derivarse de humo, pues estaba que lo echaba. Y ya que lo tenía de los mil demonios, no desperdició la ocasión de envolver con ambos al Jefe de Policía:

—El siguiente.

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—Son cuatro, contestó el policía.
—Sólo veo tres, dijo el Juez, ¿quiénes son?
—Un detenido y dos testigos. Y un inocente sospechoso, que tengo aparte.
—Conque un inocente sospechoso, ¿verdad? No sé por qué se me ocurre que, como no tenga hoy mismo un informe sobre mi mesa, los detenidos van a ser dos.

La mirada del Juez provocó, más que sus palabras, el silencio y quizá hasta el temor de los asistentes. Todos sabían que, antes que el actual, otros dos jefes de policía habían conocido la prisión por dentro. De modo que todos pudieron escuchar el susurro del policía:

—Ya lo tiene Ud. sobre su mesa, señor.
—¿Y qué espera para resumírmelo?


—Un cazador nos trajo, fuertemente atado, metido en una bolsa y todo ello dentro de un pequeño zurrón,04_Poli_01.gif a un lobo que había intentado devorar a una pobre anciana y a su nieta. El lobo admite los hechos, pero se considera no culpable. Es más, pide una indemnización por malos tratos.
—El detenido es el lobo, ¿verdad?; y los testigos, el cazador y la niña. Entonces ¿qué hace aquí esa otra mujer?
—Usted siempre tan sagaz, señor. Es hija y madre de las víctimas.
—Lo que me trae un poco distraidillo es eso del inocente sospechoso.
—Nada de particular, señoría: es inocente, porque así dice serlo; y es sospechoso, porque lo digo yo.






—Caramba, si ahora nos va a resultar Ud. un dechado de sabiduría. ¿Dónde tengo yo las órdenes de ingreso? En mi juzgado no hay más juicios que los del Juez, que soy yo. Mejor será que haga pasar al primer testigo.

Subió al estrado el cazador, saludó al Juez con una reverencia que le hizo levantar la ceja derecha, cumplió las restantes formalidades previstas en el protocolo y explicó:

—En vez de comportarse como un ciudadano decente, el muy sinvergüenza del lobo...

El Juez dio un fuerte golpe con su mazo en la mesa y dijo:


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Las valoraciones las hago sólo yo. Ya se ve que este lobo es un sinvergüenza, pero eso ya lo diré cuando me parezca que debo hacerlo. Ud. limítese a los hechos. Y, sobre todo, sea escueto.
—No lo hizo, señor, pero a punto estuvo.

El Juez se quedó un rato pensativo. Luego dijo:

—Además de escueto, amigo, veo que es Ud. lacónico. Está Ud. autorizado a ampliar su explicación.
—Lo que digo es que no se las comió, pero las perseguía con los ojos muy abiertos y la boca hecha un surtidor de saliva. De no haber sido por el camisón, seguro que las alcanzaba.
—Supongo que me habla usted del lobo.
¡Qué sagacidad!, susurró el policía.

El cazador continuó su exposición:




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—En efecto, señor Juez. El lobo llevaba un camisón. La abuela me contó que la había encerrado en un armario y, para fingir ser ella, se había puesto su camisón de los domingos. La pobre me decía que el muy sinvergüenza... Señor Juez, no hago más que limitarme a los hechos: la abuela se refirió al lobo llamándolo sinvergüenza. Pues bien, el muy sinvergüenza del lobo ni siquiera fue capaz de ponérselo del derecho.
—De modo tenemos aquí a un pobre lobo a quien se acusa de no saber ponerse un camisón. Creo que voy a cerrar el caso. En mi jurisdicción no es delito el carnaval. Eso sí, si acaso lo amonestaremos por divertirse a costa de una anciana debilucha y de una niña más débil aún. ¿Está de acuerdo, señor jefe de la policía?
—Verá, señor, será mejor que él mismo se lo explique.

El Juez, mirando insistentemente su reloj, mandó llevar a su presencia al lobo que, lejos de mostrarse humilde o cuando menos agradecido al Juez que tan dispuesto se había mostrado a liberarlo, dijo con voz de gran enfado:


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—Señor Juez, es una tremenda injusticia la que está Ud. permitiendo al no haber impedido ya esta degradante situación en que me encuentro. ¡Preso como un delincuente! Exijo además que encarcele Ud. inmediatamente a este despreciable asesino —dijo, mientras señalaba acusadoramente con el índice derecho al silencioso cazador.

El Juez comenzó a enfadarse.

—Caballero...
—No soy un caballero, caballero: soy un lobo.
—Calma, amigo lobo -dijo el Juez-. ¿Desde cuándo se dedican los lobos a ponerse el camisón de las ancianas? ¿Es que es aficionado a los desfiles de moda?

10_Lobo_abuela.gif—¿Es que es Ud. aficionado al cachondeo, señor Juez? Sepa Ud., y sepan todos, que a la mujer la encerré porque ya tiene la carne vieja y yo quería que se fuera ablandando con sus lágrimas. Sólo el pensar en comérmela ya me abría el apetito. Y me puse esa horrible camisa de fuerza para engañar a esa niña repipi vestidita de rojo. Nada excepcional, señor Juez. ¿Es que Ud. no se alimenta con comida y postre?
—Ah, entonces es verdad que Ud. quería comérselas. Así que no lo niega.
—¿Por qué me subestima, Juez? Los lobos de los cuentos tenemos permiso para pensar.
—Y la niña no se dio cuenta, ¿verdad?


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—Parece mentira que sea Ud. Juez. Hay que explicarle todo, con lo sencillo que es. Hasta los niños lo entenderían. Verá. La muy tonta me decía: "Abuela, qué ojos más grandes tienes". Yo le contestaba: "Son para verte mejor". Y ella: "Abuela, qué orejas más largas tienes". Y yo: "Son para oírte mejor". Y así hasta que me dijo: "Qué dientes más afilados tienes". Entonces, no pude más y, antes de saltar sobre ella, le dije: "Son para comerte mejor". Pero la muy pilla comenzó a gritar y no me permitió darle ni siquiera un mordisquito. Encima, apareció ese intruso con escopeta dándome órdenes como si fuera alguien con derecho para dejarme morir de hambre. Por si fuera poco, me ató, me apachurró, me metió en una especie de bolsa pequeñísima para mi tamaño y me arrojó al suelo como si fuera una cosa; y no contento con todo eso, me llevó a la cárcel con la complicidad de ese policía preguntón a quien Ud. debería encerrar también por faltarle al respeto a todo el mundo. Yo le he oído comentar como susurrando que Ud. es un poco tontorrón. Me va pareciendo que tiene algo de razón.

La ira del Juez se percibía a una gran distancia por el enrojecimiento de su cara. Estaba de pie, movía las manos sin ton ni son, golpeaba con el mazo su mesa, sudaba como si estuviera al sol de agosto, pero no lograba emitir sonido alguno. Por fin, después de varios intentos, dijo con la voz llena de angustia:

—¡Llévense a este lobo de mi presencia!

Pero cuando los alguaciles procedían a cumplir sus órdenes, se lo pensó mejor y dijo:

—No, reténganlo. Me parece que tiene unas cuantas culpas que yo le voy a hacer pagar. Déjenlo donde pueda verlo. Que pase otra vez el cazador.

Se acercó el cazador y se dispuso a escuchar:

—¿Cómo explica Ud. su intervención?
—Verá, señor Juez. Yo pasaba cerca de la casa y oí voces. Escuché y supe que pedían socorro. Miré por la ventana y vi a esta alimaña vestida de forma extraña, dando vueltas mientras dejaba el dormitorio hecho una pena, persiguiendo a una inocente niñita, asustada y muerta de miedo, que le decía al lobo: "¿Por qué me has engañado? Ahora no podré hablar del hermano lobo ni de la hermana loba sin que se rían de mí. Además, tendrán razón de hacerlo. ¿Por qué me has engañado, siendo yo la única que confiaba en ti?". Yo intervine, con la eficacia que el lobo mismo ha reconocido hace un momento. Pues faltaría más. Yo cazo lobos. Es mi oficio.

En ese momento, el lobo gritó desde su rincón:

Y yo me como lo que puedo, animales o personas. Es mi oficio. Porque soy un lobo. ¿Qué esperan que hagamos los lobos, dictar justicia? Claro que la engañé, pero no es culpa mía. Yo estaba tan tranquilo, merodeando por los senderos de mi bosque en busca de alguna presa, cuando apareció por ahí, correteando despreocupada, esa criatura vestida de rojo que atrajo mi atención. ¿Sabe qué me dijo? "Buenos días, hermano lobo, ¿cómo estás?", ¿se imaginan? ¡Una niña tratando con amabilidad a un lobo! ¡Qué se habrá creído! Entonces fue cuando pensé, ya les he dicho antes que los lobos podemos pensar; me puse a pensar cómo seguirle el juego. Pero en ningún momento abandoné la idea de comérmela. De modo que no hubo engaño. Bueno, sí lo hubo, pero sólo como parte de mi plan. Ella debía saber que los lobos somos lobos y no otra cosa.

—Vaya, lobo, continúe la explicación, aunque no sea su turno -dijo el Juez.



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—Le pregunté qué hacía en mi bosque y me contó una historia muy extraña. Me dijo que iba a llevarle una cesta de comida a su abuelita, que vivía en la otra punta, y que vivía solita. Yo, la verdad, ya había visto muchas veces a la vieja, pero su carne ya no me resultaba atractiva. Suponía que no tenía familia. Pero esta criatura me acababa de decir que iba a visitar a su abuela. ¿Ve Ud., Juez, por dónde voy? Ahí tiene Ud. materia para castigar a troche y moche. ¿No está castigado en su jurisdicción con alguna pena gorda que los ancianos vivan abandonados, lejos de sus familias, en sitios peligrosos y sin que nadie los atienda? ¿Es que no tienen un camastro en casa de sus hijos? Es más, ¿cómo es que le encargan a una criatura humana tan poco inteligente una misión tan peligrosa? Ir por medio de mi bosque, sin protección, sabiendo que yo estoy por ahí. ¿Es que no me tienen miedo? Debería ser un delito no tenerme miedo. Por eso quise darle una lección. Le dije: "A ver quién llega primero". Ella me contestó: "Pero tú eres más grande y tienes ventaja". Entonces le dije: "Mira, yo iré por el camino más largo, que es aquel, y tú irás por ese otro, que es más corto. Así queda todo compensado". Claro que no le iba yo a decir la verdad, porque los lobos seríamos muy malos lobos si fuéramos por ahí diciendo la verdad y contándoles a nuestras posibles presas nuestras verdaderas intenciones. ¡Nos moriríamos de hambre! ¿Es que no lo comprenden? Así que la engañé, pero sin mala intención: sólo quería comérmela.


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El Juez se quedó pensativo. Todos guardaron un largo silencio. Finalmente, dijo el Juez:

—Gracias, señor lobo, voy comprendiendo su parte de razón. Gracias, señor cazador, Ud. también ha cumplido lo que le correspondía hacer. Parece mentira que ese lobo tan buen pensador no sea capaz de comprenderlo. ¿Qué esperaba que hiciera el cazador: darle palmaditas de aprobación, pedirle un sitio en el banquete, ponerle mesa? Me decepciona, lobo, me decepciona mucho. ¡Que pase la madre!

Y la madre pasó a ocupar el lugar del cazador. El Juez le dijo:

—Así que Ud. envió a su pobre hija a una misión peligrosa.


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—No crea, señor Juez, es muy lista. Muchas veces habíamos visitado a la abuela, de modo que conocía el camino. Además, ya va siendo mayorcita para enfrentarse sola a los peligros de la vida. Ella estaba jugando en el jardín. Si por ella fuera, se pasaría todo el tiempo jugando y leyendo cuentos. Tonterías. Si Ud. leyera lo que escribe la gente que no tiene otra cosa mejor que hacer. Lo último era una historia que decía que los animales del bosque eran inofensivos si les hablabas con confianza. Yo se lo advertí a mi hija: "Sobre todo, ten cuidado con el lobo.", pero ya ven ustedes que es una desobediente; de modo que todo este susto lo tiene bien merecido. Y mi madre también, que le tengo dicho que debe tener la casa cerrada a cal y canto, por si merodea el lobo por ahí. Cuando esto acabe y el lobo esté a buen recaudo, me van a oír las dos.




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—Señora, puede retirarse pero no se aleje mucho, porque ya falta poco para que dicte sentencia. No quiero dejar de escuchar a Caperucita. Que la traigan a mi presencia.

El policía murmuró: "Al final, me dará la razón."

—Mira, niña, tu madre dice que eres muy desobediente y que te va a castigar. ¿Qué opinas?
—Mi madre siempre quiere tener razón, señor. Pero en este caso, el que más razón tiene es el lobo.
—Después de todo lo que ha ocurrido, ¿aún le das la razón al lobo? Me parece que no escarmientas.
—El lobo dice que se ha comportado como un lobo, y eso es verdad, de modo que no tienen que castigarlo. El cazador también se ha comportado como era su obligación, y además nos ha salvado, así que merece mi reconocimiento. Yo soy una niña, y tengo derecho a ser la protagonista de un cuento. Claro que no he obedecido del todo, pero tampoco he desobedecido mucho.
—¿Cómo puede ser eso?
—Muy sencillo, mi madre me dijo que tuviera cuidado con el lobo, y así lo hice. Primero, lo saludé. Así pude comprobar que era verdad lo que leía en mis cuentos: que los lobos hablaban. Así que pensé que si hablaba como yo, también podía tener buenos sentimientos como yo. No hice más que hablar con él. Y él me respondió con gran amabilidad. Hasta creí que podía ser mi amigo. Fíjese qué cosas llega una a pensar. Claro que no hablé mucho con él, cosa de un minuto. Lo que pasa es que me engañó. Pero nada de esto habría ocurrido si mi abuela viviera en casa.



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—¿Por qué vive sola?
—Porque mi madre está siempre riñéndola. Mi abuela dice que no debo aprender esas cosas. “A las madres hay que respetarlas”, dice. De modo que prefiere vivir en su casa. Nosotras la visitamos con frecuencia, no vaya Ud. a creer.
—¿Y por qué fuiste tú sola?
—Porque me lo mandó mi madre.

El Juez suspendió la sesión por media hora, seguramente para tomarse un respiro. Se encerró en su despacho con el Jefe de Policía y al cabo de ese tiempo apareció en su puesto, con la intención de hacer pública su sentencia:



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—Cien mil y un días de prisión para la madre de Caperucita. Tenía razón el Jefe de la Policía en su informe. Esa inocente era muy sospechosa. Es la única que no ha cumplido su papel, porque las madres no mandan a sus hijos a misiones imposibles. Pero le permitiré no ir a prisión si me propone un camino alternativo.

Y así ocurrió. El lobo volvió a su bosque y el cazador a sus cacerías. La familia de Caperucita comenzó una nueva vida, después del susto, de acuerdo con la propuesta de la madre. Aquí no se cuenta, porque es materia para otra versión, pero sépase al menos que todo terminó bien.

Al fin y al cabo, se trata de un cuento para niños. ¿O tal vez…?